N. de la T.: Una ayuda para la hija de la viuda

"Serás invisible o no serás, traductor". "Vale, vale, Moisés, ya te hemos entendido, pero suelta el pedrolo, que acojona".
Como he dicho hace poco por ahí, a mí eso de la visibilidad no me gusta nada. No porque crea que tiene nada de malo, sino porque yo soy muy insegura y siempre termino sufriendo por tonterías. La tranquilidad del anonimato es tan placentera como un chute de novocaína. Sin embargo (y es que los seres humanos estamos llenos de incongruencias) tengo el defecto de que me gusta compartir lo que pienso y de que soy incapaz de hablar delante de un grupo de personas (aunque sean conocidos, aunque sean amigos) porque padezco el síndrome del impostor. La diferencia de lo que puedo decir cuando escribo a lo que puedo decir cuando hablo es, en mi caso, abismal. Sí, sé que todo el mundo escribe mejor que habla, pero creedme: en mi caso es como los Anapurnas. Así que, como a pesar de los defectos y de las ganas de ser invisible, luego pienso mucho, no me queda otra que venir aquí y tratar de atrapar en esta página a ese pulpo maldito que se agita dentro de mí.
El caso es que pienso mucho, decía. Y estaba yo pensando que aún no había dicho ni mu sobre una de esas cosas que parecen la piedra de toque de la buena traducción: las notas del traductor. Su ausencia, más bien. Sí, sí, reíd (vosotros os reís porque sois gente sin alma ni corazón, que escupe sobre el sufrimiento humano), pero es de esas cosas que levantan pasiones. A mí no me gusta ponerlas por eso de que no me gusta la visibilidad, y una nota es una de esas cosas que te exponen mucho, como si alguien entrara en tu habitación mientras te estás cambiando. Hace poco leí la opinión de un corrector de que una nota del traductor era la prueba palpable de que este no había hecho bien su trabajo, porque iba en contra del principio de invisibilidad del traductor. El que defendía esta opinión, además, sentenciaba que no se había encontrado un texto en su vida con una nota que no se pudiera haber resuelto en el propio texto. En ese momento me tuve que tomar tres ansiolíticos: en el texto que tenía entre manos llevaba ya tres notas. Miedo, pánico, espiral de autodestrucción: lo van a odiar, me van a odiar, nunca jamás volverán a darme otro libro y terminaré durmiendo entre cartones, hasta que un día muera de frío en un callejón oscuro y me encuentren con una lágrima solitaria congelada en mi mejilla, como la cerillera.
En realidad, algo de razón no le falta: claro que cualquier cosa se puede solucionar en el texto. Incluso un Carroll, si adaptamos a machete lo suficiente. Otra cosa es que estemos de acuerdo en que eso sea la solución más deseable. Yo no tengo una teoría sobre las notas del traductor más allá de «se tratan de evitar siempre y se usan sólo cuando sea imprescindible» (a no ser, claro, que te pidan una edición anotada), pero ese «sólo cuando sea imprescindible» no es muy operativo como consejo de estilo porque está cargado de subjetividad y la subjetividad es algo muy feo y nada científico, tsk, tsk. Pero, vaya, hay que asumir que si no estás dispuesto a tomar una decisión por minuto esta profesión no es para ti.
Voy a repasar los argumentos tradicionales en contra del uso de las notas a pie de página, a ver si juntos sacamos algo en claro.

"Bruce, ¿qué hago? En ocasiones veo notas." "Mátalas a todas, que San Jerónimo reconocerá a las suyas".
1. El traductor tiene que ser invisible. Este principio se basa en un pacto mimético entre la obra traducida y la original: poner una nota al pie significa que el traductor ha roto el pacto y la mímesis. Al poner una nota, puede que el lector ya no quiera seguir jugando al juego de «yo me creo que esto me llega sin mediar y que, aunque estoy leyendo en español, por las maravillas de la ficción, estoy leyendo directamente al Señor Británico». Así que, si el Señor Británico no le ha puesto una nota, según este pacto mimético la traducción tampoco debería tenerla.
Para algunos, ese principio de la invisibilidad puede romperse (todas las reglas tienen sus truquillos) siempre y cuando se apele a la fidelidad al original: es más fiel dejar ese dato tal cual viene en el original y cascarle una nota que adaptarlo. Para otros, la decisión se basa en cuál es el recurso más económico: ¿qué altera menos el original?
2. Las notas interrumpen la lectura. Según este argumento, un relato o una novela se supone que están concebidos para leerse de forma lineal y la nota interrumpe la linealidad. Yo no sé hasta qué punto al autor le importa mucho que tú leas su obra a saltos, a horcajadas, en tríos o jugando al Enredos, ni tampoco sé cuánto debe importarle, pero éste sea probablemente el argumento más repetido.
Lo que parece es que internet está cambiando la forma en la que leemos. El hipertexto, la era de la Wikipedia, los enlaces… ¿sigue teniendo sentido ese argumento? Un pequeño salto hacia abajo (en el que ni siquiera hay que cambiar de página o de pestaña, sino bajar la mirada) quizá ya no sea una interrupción molesta sino algo connatural al tipo de lectura que hacemos ahora. Otra cosa es que no sea parte del medio (la lectura en papel en vez de la lectura digital), pero quizá ya no sea tal incordio y puede que incluso las nuevas generaciones se sientan hasta desnudas sin ella.
3. Si quiero cultura o clases de idiomas, me apunto a un curso. Yo, que tengo un pronto muy malo, la primera vez que lo escuché me dije: pues si no quieres cultura no sé qué haces leyendo, mendrugo. Pero al igual que dentro de mis prestaciones destacan la aceleración iracunda de cero a cien en dos segundos, desacelero en seguida, así que me puse a dialogar con ese argumento, como es propio de alguien educado en la mayéutica. Este argumento, más que contra las notas del traductor per se, está en contra de lo que cree un mal uso de las notas: el explicar una referencia cultural o un juego de palabras en una nota a pie en vez de adaptarla para facilitar su comprensión o simplemente dejarla como está y allá cada cual.
Pero ¿qué sucede con la literatura escrita en árabe, en japonés o en chino, con conceptos que nos pueden resultar totalmente ajenos? Una solución común es escribir un prólogo acerca de la edición y la traducción o añadir un glosario al final, para no cargar el texto de notas, pero en casos concretos al lector se le puede haber olvidado qué se decía sobre la metáfora de la página 125 o le resulte tedioso tener que ir a buscar una explicación al final del libro. Todo depende del tipo de edición que se pretenda hacer.
Y es que en relación con las notas a pie de página también hay ciertas convenciones según el género o el producto: los ensayos las incluyen (y, si no lo hacen, lo más normal es sospechar), la literatura infantil y juvenil no suele hacer uso de ellas: las notas son un placer adulto, como el chocolate Valor. En estos casos se entiende que lo más importante es que exista una equivalencia dinámica, es decir, que se produzca el mismo efecto en la lengua meta que en la lengua origen, por lo que se pueden sacrificar las referencias concretas por unas más conocidas para el lector, que aún no ha adquirido un bagaje cultural como para identificarlas. Aventuro a decir (escribo esto a vuelapluma) que la literatura infantil y gran parte de la juvenil son géneros que se basan en la preponderancia de la metáfora, los juegos de palabras y con el lenguaje en general, y que es ese carácter lúdico lo que se ha de mantener en la versión traducida. Sin embargo, cuando se trata de publicaciones didácticas sí que se emplean notas laterales para las palabras difíciles y glosarios explicativos para que el chaval no se pase toda la tarde buscando palabros en el diccionario. En las obras de entretenimiento, o en los best sellers, me atrevo a vaticinar también, quedaría muy pedantón poner una nota, que siempre tiene ese aire erudito de señor con toga, puñetas y peluca.
Para evitar las traidoras y perversas notas a pie se suelen utilizar varias estrategias:
1. El inserto (tú a las gachas, que yo se lo injerto). Consiste en meter dentro del cuerpo principal un pequeño y sutil añadido que no estaba en el original, junto a la expresión o a la referencia dudosa, que le aclare al lector lo que haya que aclararle. La verdad es que a mí me daría cosa meter una morcillita en un Joyce, pero no en un libro divulgativo.
2. La omisión (de socorro). Aquí no se trata de barrer la expresión que se nos atraganta y meterla debajo de la alfombra a ver si nadie se daba cuenta de alguna vez estuvo ahí, sino de dejarla tal cual está y que el lector saque sus conclusiones. Supongo que se usa cuando se cree que se entenderá dentro del texto, o cuando la referencia no es tan crucial para entender lo que está pasando como para poner una nota por si las moscas.
3. La adaptación. De referencias culturales, de juegos de palabras, de chistes. Aquí el traductor escoge entre la familiarización o la exotización, o entre la domesticación y la extranjerización de las que hablaba Venuti. Si pienso que el lector no va a pillar la referencia eminentemente ligada a la realidad cultural del país de origen, la adapto; también puedo dejarla como está porque es muy probable que el lector la conozca; o si no la conoce tampoco es tan importante para la comprensión del sentido; o porque así en extranjero le da un aire al texto la mar de rico. O porque si ni siquiera entiendes esto mejor te compras el Qué me dices.
Y todo esto en aras de la fidelidad. No pocas veces he pensado que la fidelidad es ese lastre que merma la libertad del traductor para tomar decisiones comprometidas: es que yo pretendía ser fiel… Pero ¿fiel a quién? ¿Al lector del original, de la cultura meta, al autor, al editor, al texto? Muchos amantes son esos, imposible contentarlos a todos ni con los atributos de Rocco Siffredi. El traductor, en verdad os digo, es un polígamo. ¿Acaso estas ideas como «principio de la invisibilidad», «mímesis» y «fidelidad» no son constructos teóricos con una enorme carga de convención cultural como para que todas las decisiones se tomen bajo su mandato, al pie de la letra? Todavía hay gente que habla del «genio» de una lengua y aun así llama a lo suyo «método científico».
Lo cierto es que a mí, antes de meterme a traductora, nunca me había importado saber que estoy leyendo una traducción y nunca me había importado leer una nota del traductor. La importancia que les daba era… pues eso, ninguna. A lo mejor es que jugaba a un juego distinto o que interpretaba la mímesis de otra forma. Fue después, cuando empecé a leer todo esos debates sobre «¿qué opina usted de las notas del traductor?» cuando empezó a entrarme esta desazón vital. Después de este tiempo de reflexiones, y como creo que esto de la práctica de la traducción es más una casuística que un sistema teórico, sigo sin tener la piedra de toque de la decisión filosofal. En general soy partidaria de mantener unas referencias y adaptar otras, de traducir siempre que sea posible los juegos de palabras y de negar la omisión de socorro si es preciso. Me parece importante (y difícil) que la decisión de poner o no una nota esté más o menos unificada en el texto, es decir, que no sea una solución errática que se aplique arbitrariamente, y que estén justificadas y razonadas (es decir, no tanto que no haya alternativa, sino que se considere que esa es la mejor alternativa para ese caso concreto). Otra cosa son las notas justificativas: aquellas que sirven para justificar por qué se ha traducido esto de una manera y no de otra, ya que eso al lector tendría que darle igual. Si es preciso hablar sobre las decisiones tomadas en la traducción, que en notas a pie quedaría como la biblioteca de Babel, mejor hacer un prólogo que resuma esas cuestiones.
Y vosotros: ¿qué pensáis? ¿Las notas son siempre un recurso injustificado? ¿Depende, como la canción? ¿Es una nota a pie la confesión lacerante y deshonrosa de un traductor que no ha sabido hacer su trabajo? ¿Os habéis encontrado con casos en los que haya sido inevitable? ¿Os molesta leer ficción con notas a pie o, bien hechas, no os incordian lo más mínimo? ¿En qué situaciones os incordian? ¿Alguna ayuda para la hija de la viuda?
Si no queréis contármelo a mí, contádselo a la ardilla suplicante:






























