N. de la T.: Una ayuda para la hija de la viuda

marzo 8th, 2012 — 10:11pm

"Serás invisible o no serás, traductor". "Vale, vale, Moisés, ya te hemos entendido, pero suelta el pedrolo, que acojona".

Como he dicho hace poco por ahí, a mí eso de la visibilidad no me gusta nada. No porque crea que tiene nada de malo, sino porque yo soy muy insegura y siempre termino sufriendo por tonterías. La tranquilidad del anonimato es tan placentera como un chute de novocaína. Sin embargo (y es que los seres humanos estamos llenos de incongruencias) tengo el defecto de que me gusta compartir lo que pienso y de que soy incapaz de hablar delante de un grupo de personas (aunque sean conocidos, aunque sean amigos) porque padezco el síndrome del impostor. La diferencia de lo que puedo decir cuando escribo a lo que puedo decir cuando hablo es, en mi caso, abismal. Sí, sé que todo el mundo escribe mejor que habla, pero creedme: en mi caso es como los Anapurnas. Así que, como a pesar de los defectos y de las ganas de ser invisible, luego pienso mucho, no me queda otra que venir aquí y tratar de atrapar en esta página a ese pulpo maldito que se agita dentro de mí.

El caso es que pienso mucho, decía. Y estaba yo pensando que aún no había dicho ni mu sobre una de esas cosas que parecen la piedra de toque de la buena traducción: las notas del traductor. Su ausencia, más bien. Sí, sí, reíd (vosotros os reís porque sois gente sin alma ni corazón, que escupe sobre el sufrimiento humano), pero es de esas cosas que levantan pasiones. A mí no me gusta ponerlas por eso de que no me gusta la visibilidad, y una nota es una de esas cosas que te exponen mucho, como si alguien entrara en tu habitación mientras te estás cambiando. Hace poco leí la opinión de un corrector de que una nota del traductor era la prueba palpable de que este no había hecho bien su trabajo, porque iba en contra del principio de invisibilidad del traductor. El que defendía esta opinión, además, sentenciaba que no se había encontrado un texto en su vida con una nota que no se pudiera haber resuelto en el propio texto. En ese momento me tuve que tomar tres ansiolíticos: en el texto que tenía entre manos llevaba ya tres notas. Miedo, pánico, espiral de autodestrucción: lo van a odiar, me van a odiar, nunca jamás volverán a darme otro libro y terminaré durmiendo entre cartones, hasta que un día muera de frío en un callejón oscuro y me encuentren con una lágrima solitaria congelada en mi mejilla, como la cerillera.

"Lo tenía todo, señor, pero esas notas cambiaron mi vida".

En realidad, algo de razón no le falta: claro que cualquier cosa se puede solucionar en el texto. Incluso un Carroll, si adaptamos a machete lo suficiente. Otra cosa es que estemos de acuerdo en que eso sea la solución más deseable. Yo no tengo una teoría sobre las notas del traductor más allá de «se tratan de evitar siempre y se usan sólo cuando sea imprescindible» (a no ser, claro, que te pidan una edición anotada), pero ese «sólo cuando sea imprescindible» no es muy operativo como consejo de estilo porque está cargado de subjetividad y la subjetividad es algo muy feo y nada científico, tsk, tsk. Pero, vaya, hay que asumir que si no estás dispuesto a tomar una decisión por minuto esta profesión no es para ti.

Voy a repasar los argumentos tradicionales en contra del uso de las notas a pie de página, a ver si juntos sacamos algo en claro.

"Bruce, ¿qué hago? En ocasiones veo notas." "Mátalas a todas, que San Jerónimo reconocerá a las suyas".

1. El traductor tiene que ser invisible. Este principio se basa en un pacto mimético entre la obra traducida y la original: poner una nota al pie significa que el traductor ha roto el pacto y la mímesis. Al poner una nota, puede que el lector ya no quiera seguir jugando al juego de «yo me creo que esto me llega sin mediar y que, aunque estoy leyendo en español, por las maravillas de la ficción, estoy leyendo directamente al Señor Británico». Así que, si el Señor Británico no le ha puesto una nota, según este pacto mimético la traducción tampoco debería tenerla.

Para algunos, ese principio de la invisibilidad puede romperse (todas las reglas tienen sus truquillos) siempre y cuando se apele a la fidelidad al original: es más fiel dejar ese dato tal cual viene en el original y cascarle una nota que adaptarlo. Para otros, la decisión se basa en cuál es el recurso más económico: ¿qué altera menos el original?

2. Las notas interrumpen la lectura. Según este argumento, un relato o una novela se supone que están concebidos para leerse de forma lineal y la nota interrumpe la linealidad. Yo no sé hasta qué punto al autor le importa mucho que tú leas su obra a saltos, a horcajadas, en tríos o jugando al Enredos, ni tampoco sé cuánto debe importarle, pero éste sea probablemente el argumento más repetido.

Lo que parece es que internet está cambiando la forma en la que leemos. El hipertexto, la era de la Wikipedia, los enlaces… ¿sigue teniendo sentido ese argumento? Un pequeño salto hacia abajo (en el que ni siquiera hay que cambiar de página o de pestaña, sino bajar la mirada) quizá ya no sea una interrupción molesta sino algo connatural al tipo de lectura que hacemos ahora. Otra cosa es que no sea parte del medio (la lectura en papel en vez de la lectura digital), pero quizá ya no sea tal incordio y puede que incluso las nuevas generaciones se sientan hasta desnudas sin ella.

3. Si quiero cultura o clases de idiomas, me apunto a un curso. Yo, que tengo un pronto muy malo, la primera vez que lo escuché me dije: pues si no quieres cultura no sé qué haces leyendo, mendrugo. Pero al igual que dentro de mis prestaciones destacan la aceleración iracunda de cero a cien en dos segundos, desacelero en seguida, así que me puse a dialogar con ese argumento, como es propio de alguien educado en la mayéutica. Este argumento, más que contra las notas del traductor per se, está en contra de lo que cree un mal uso de las notas: el explicar una referencia cultural o un juego de palabras en una nota a pie en vez de adaptarla para facilitar su comprensión o simplemente dejarla como está y allá cada cual.

Pero ¿qué sucede con la literatura escrita en árabe, en japonés o en chino, con conceptos que nos pueden resultar totalmente ajenos? Una solución común es escribir un prólogo acerca de la edición y la traducción o añadir un glosario al final, para no cargar el texto de notas, pero en casos concretos al lector se le puede haber olvidado qué se decía sobre la metáfora de la página 125 o le resulte tedioso tener que ir a buscar una explicación al final del libro. Todo depende del tipo de edición que se pretenda hacer.

Y es que en relación con las notas a pie de página también hay ciertas convenciones según el género o el producto: los ensayos las incluyen (y, si no lo hacen, lo más normal es sospechar), la literatura infantil y juvenil no suele hacer uso de ellas: las notas son un placer adulto, como el chocolate Valor. En estos casos se entiende que lo más importante es que exista una equivalencia dinámica, es decir, que se produzca el mismo efecto en la lengua meta que en la lengua origen, por lo que se pueden sacrificar las referencias concretas por unas más conocidas para el lector, que aún no ha adquirido un bagaje cultural como para identificarlas. Aventuro a decir (escribo esto a vuelapluma) que la literatura infantil y gran parte de la juvenil son géneros que se basan en la preponderancia de la metáfora, los juegos de palabras y con el lenguaje en general, y que es ese carácter lúdico lo que se ha de mantener en la versión traducida. Sin embargo, cuando se trata de publicaciones didácticas sí que se emplean notas laterales para las palabras difíciles y glosarios explicativos para que el chaval no se pase toda la tarde buscando palabros en el diccionario. En las obras de entretenimiento, o en los best sellers, me atrevo a vaticinar también, quedaría muy pedantón poner una nota, que siempre tiene ese aire erudito de señor con toga, puñetas y peluca.

Para evitar las traidoras y perversas notas a pie se suelen utilizar varias estrategias:

1. El inserto (tú a las gachas, que yo se lo injerto). Consiste en meter dentro del cuerpo principal un pequeño y sutil añadido que no estaba en el original, junto a la expresión o a la referencia dudosa, que le aclare al lector lo que haya que aclararle. La verdad es que a mí me daría cosa meter una morcillita en un Joyce, pero no en un libro divulgativo.

2. La omisión (de socorro). Aquí no se trata de barrer la expresión que se nos atraganta y meterla debajo de la alfombra a ver si nadie se daba cuenta de alguna vez estuvo ahí, sino de dejarla tal cual está y que el lector saque sus conclusiones. Supongo que se usa cuando se cree que se entenderá dentro del texto, o cuando la referencia no es tan crucial para entender lo que está pasando como para poner una nota por si las moscas.

3. La adaptación. De referencias culturales, de juegos de palabras, de chistes. Aquí el traductor escoge entre la familiarización o la exotización, o entre la domesticación y la extranjerización de las que hablaba Venuti. Si pienso que el lector no va a pillar la referencia eminentemente ligada a la realidad cultural del país de origen, la adapto; también puedo dejarla como está porque es muy probable que el lector la conozca; o si no la conoce tampoco es tan importante para la comprensión del sentido; o porque así en extranjero le da un aire al texto la mar de rico. O porque si ni siquiera entiendes esto mejor te compras el Qué me dices.

Y todo esto en aras de la fidelidad. No pocas veces he pensado que la fidelidad es ese lastre que merma la libertad del traductor para tomar decisiones comprometidas: es que yo pretendía ser fiel… Pero ¿fiel a quién? ¿Al lector del original, de la cultura meta, al autor, al editor, al texto? Muchos amantes son esos, imposible contentarlos a todos ni con los atributos de Rocco Siffredi. El traductor, en verdad os digo, es un polígamo. ¿Acaso estas ideas como «principio de la invisibilidad», «mímesis» y «fidelidad» no son constructos teóricos con una enorme carga de convención cultural como para que todas las decisiones se tomen bajo su mandato, al pie de la letra? Todavía hay gente que habla del «genio» de una lengua y aun así llama a lo suyo «método científico».

Lo cierto es que a mí, antes de meterme a traductora, nunca me había importado saber que estoy leyendo una traducción y nunca me había importado leer una nota del traductor. La importancia que les daba era… pues eso, ninguna. A lo mejor es que jugaba a un juego distinto o que interpretaba la mímesis de otra forma. Fue después, cuando empecé a leer todo esos debates sobre «¿qué opina usted de las notas del traductor?» cuando empezó a entrarme esta desazón vital. Después de este tiempo de reflexiones, y como creo que esto de la práctica de la traducción es más una casuística que un sistema teórico, sigo sin tener la piedra de toque de la decisión filosofal. En general soy partidaria de mantener unas referencias y adaptar otras, de traducir siempre que sea posible los juegos de palabras y de negar la omisión de socorro si es preciso. Me parece importante (y difícil) que la decisión de poner o no una nota esté más o menos unificada en el texto, es decir, que no sea una solución errática que se aplique arbitrariamente, y que estén justificadas y razonadas (es decir, no tanto que no haya alternativa, sino que se considere que esa es la mejor alternativa para ese caso concreto). Otra cosa son las notas justificativas: aquellas que sirven para justificar por qué se ha traducido esto de una manera y no de otra, ya que eso al lector tendría que darle igual. Si es preciso hablar sobre las decisiones tomadas en la traducción, que en notas a pie quedaría como la biblioteca de Babel, mejor hacer un prólogo que resuma esas cuestiones.

Y vosotros: ¿qué pensáis? ¿Las notas son siempre un recurso injustificado? ¿Depende, como la canción? ¿Es una nota a pie la confesión lacerante y deshonrosa de un traductor que no ha sabido hacer su trabajo? ¿Os habéis encontrado con casos en los que haya sido inevitable? ¿Os molesta leer ficción con notas a pie o, bien hechas, no os incordian lo más mínimo? ¿En qué situaciones os incordian? ¿Alguna ayuda para la hija de la viuda?

Si no queréis contármelo a mí, contádselo a la ardilla suplicante:

¿Qué haríais vosotros, oh, humanos?

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Enlaces de viernes

marzo 2nd, 2012 — 1:37pm

Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Ayer leí una maravillosa reflexión de China Miéville sobre la censura, la prohibición y la libertad de expresión en relación con la negativa de la justicia belga de prohibir Tintín en el Congo. Puedes leerla aquí.

Ayer se abrió el plazo de solicitudes para la Summer School del British Centre for Literary Translation de este año. Yo ya voy juntando papelicos y espero que nos veamos allí. ¿Sí o qué?

Esta entrada sobre las venturas y desventuras de traducir una novela en varios actos, que también leí ayer (qué le voy a hacer, si vivo en el ayer), es más grande que la vida, y yo no soy muy dada a las hipérboles. Que Carpintero escriba un libro ya.

El escritor va a la escuela, o sobre las carreras de escritura creativa que parecen haberse expandido como un virus. ¿Cómo, cuándo, por qué? ¿Sirven de algo? ¿Están formatenando el panorama literario actual? Más preguntas (siempre hay más preguntas que respuestas) aquí.

Y ya. Feliz fin de semana a todos. Yo me voy a dedicar a esto:

El merecido descanso del guerrero

Lectura y bookshelf porn: lo que yo llamo descanso.

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Metapost, Jane Eyre y obsesiones

marzo 1st, 2012 — 1:14pm

Parece que la página me ha aceptado de nuevo y hemos arreglado lo nuestro.

Este larguísimo tiempo de silencio se debe a circunstancias personales: que si el tiempo es escaso, la vida es finita… todo ese rollo. Siempre me acuerdo de una escena de Las horas en la que Virginia Woolf estaba pensativa en su cuarto y su marido le preguntaba el motivo de aquella introspección. La escritora respondió que estaba intentando decidir quién iba a morir en su novela, a lo que el marido le replicaba si era tan necesario que muriera alguien: ella alegó que siempre tiene que morir alguien para que los demás sepan apreciar la vida. Recuerdo esa cita a menudo.

Soy una persona muy «meta». Me encanta hablarlo todo, analizarlo todo, tener teorías para todo. De ahí que tenga que venir a aquí a explicarme y a hacer una declaración de intenciones. Por si no quedaba muy claro en la entrada anterior: el blog va a empezar a ser mucho más heterogéneo de lo que era hasta ahora. Los motivos son varios. En primer lugar, había ido acumulando con el tiempo una multitud de páginas con temáticas distintas y empezaba a resultarme molesto diseccionarlo todo como un entomólogo para decidir después dónde podía ir cada cosa. En segundo lugar, no me apetece hablar sólo de traducción. No es que vaya a dejarlo, no podría dejar de hacerlo (tengo los dedos rápidos y la lengua vivaz, forastero), pero no me gustaría limitarme a un único tema. Tampoco quiere decir que no haya pensado en un «reservado derecho de admisión» para según qué temas: mis experimentos frankestinianos con la comida ya tienen su espacio y los hitos escatológicos de mi perro también. Pero me resulta cansado tener que podar todo lo demás, como si fueran malas hierbas. Encuentro cierta liberación en ser simplemente Silvia y no tener miles de personalidades desdobladas por ahí. Además, tampoco se me da especialmente bien escribir sobre cosas prácticas; es más, puedo resultar de lo más patética: las diez prendas más cómodas del traductor; el decálogo de la productividad que vino del espacio; las mejores posiciones de tu silla para evitar sobrecarga en el trapecio; siete ordenadores para siete autónomos… Hay un montón de blogs llenos de consejos y reflexiones prácticas que lo hacen mucho mejor que yo.

He dedicado mucho tiempo a pensar qué significa crecer y la conclusión (efímera y reemplazable, como todas) a la que he llegado es que para mí significa desprenderse de lo accesorio y quedarse sólo con lo esencial. Lo bueno de esta definición es que admite que lo que es accesorio para unos es esencial para otros. Por ello, una de las cosas que intento hacer es pasar menos tiempo en internet. Internet no tiene nada de malo, no me malinterpretéis. Todo lo contrario: internet me parece maravillosa [violines] y me da cosas que no puedo obtener en ninguna otra parte. Sin embargo, el flujo de internet a veces me impone un ritmo que a mí no me resulta cómodo. En los últimos meses me había descubierto en situaciones que antes eran impensables, como una carrera de enlaces (como si el hecho de enviarlo el primero fuera lo más importante) y una caza y captura de «cosas molonas» que compartir, que estaban bien, sí, pero que si las examinaba más a fondo en realidad no me dejaban un poso duradero. No me había pasado sólo con lo estrictamente laboral, por así decirlo, sino con el otro lado lúdico de internet. Como si «estar en internet» fuera simplemente verse arrastrada por la corriente. Hay muchas formas de «estar en internet»: que cada uno busque la suya. Peace, bro.

En cierto modo, mi intención es calarme hasta los huesos en lo que me interesa y no sólo mojarme los deditos donde no cubre. Hay gente capaz de absorberlo todo incluso con el bombardeo de miles de bits de información, de seleccionarlo todo al instante y hacer una criba, pero yo no.

Por último, la más poderosa razón del cambio es que quiero dedicar mi escaso tiempo libre a lo que verdaderamente me llena: mis obsesiones. El tiempo se agota, la vida es finita… todo ese rollo. Hace tiempo decía Palahniuk en uno de esos inagotables consejos que se les dan a los aspirantes a escritores: persigue tus obsesiones. Incluso cuando nadie confíe en ellas, incluso cuando ni tú las entiendas (o precisamente por ello), incluso cuando sean risibles: confía en tus obsesiones.

Entiendo que resulta molesto entrar en un blog que creías de traducción y encontrarte entradas sobre la última experiencia mística en un rincón alejado de la civilización y la cordura; si yo estoy suscrita a un blog de cocina y me cuentan la crónica de un fin de semana en la Alpujarra le voy a dar al scroll con fruición y resoplando. Sin embargo, también es cierto que para eso están las etiquetas. Tendré que reestructurar la página para que sea la de una traductora y no exclusivamente de traducción. Yo tengo que avisarlo, ¿eh? Porque sé que puedo ser soporífera. Avisados estáis. (¿No os pasa a veces cuando os dirigís al hipotético lector que pensáis que estáis un poco locos, como si hablarais con vuestro reflejo? ¿Hola…?).

Y para terminar con un ejemplo, hoy voy a compartir una de mis obsesiones en público y además recomendarla: Jane Eyre. Hace poco vi la última película, la enésima adaptación del libro de Charlotte Brontë y, contra todo pronóstico, me gustó. No cabe duda de que es elegante y sobria (aunque entiendo que para muchos será fría y aburrida) y que, en general, el ritmo narrativo es preciso y fluido (para muchos telegráfico y acelerado). Lo malo fue que una vez terminada la experiencia estética (que es sublime), me di cuenta de que me había quedado con ganas de más.

"Esa mota de polvo tiene la forma de Dinamarca, jijiji"

Lo que sí me gustó de la película fue ese retrato de una Jane Eyre casi autista cuya dignidad, contención y conciencia de sí misma hace que parezca completamente aislada del mundo que la rodea. La película de Fukunaga parece querer distanciarse de cualquier otra versión anterior a golpe de tijera: centrémonos en Jane Eyre y sólo en ella (hasta su relaciones amorosas son secundarias). Los diálogos están muy bien escogidos para representar al personaje y su lucha por la dignidad, aunque cualquier otro (incluso Rochester) aparece en comparación tan en segundo plano que se difumina y desaparece detrás de la omnipresencia de Jane. Sin embargo, el fallo garrafal de la película es no haber sido capaz de librarse de esa contención en dos escenas principales: la declaración de amor (yo lloré cuando la leí, allá por el otro siglo, a las tres de la mañana, sin poder dejar de leer) y la boda frustrada (sí, bo-da: alguien tendría que establecer una fecha de caducidad para los espoilers, hombre ya). Momentos que tendrían que haber sido puro fuego y liberación de las pasiones contenidas culminados en descafeinados gatillazos emocionales. Ejecutados con tanta prisa que se te olvida que han ocurrido. Puedo perdonar que no haya nada de crítica social ni ideológica ni cultural, que haya dejado el retrato de la sociedad para los libros de historia, pero si quieres centrarte en el la psicología de un personaje no falles en esos momentos: un director, en las distancias cortas, se la juega… Bueno, eso y que Fassbender y Wasikowska son demasiado guapos para esos papeles. Sí, sí, reíros, pero la alegría que me dio encontrar una heroína que no fuera guapa fue desorbitada. Chúpate esa, siglo XXI: sin lanzar rayos por los ojos ni nada.

"Soy demasiado sexi para ser Rochester"

Pero el libro, ay, el libro. El cuento de la desposeída aunque poderosa huérfana. Es el melodrama perfecto, canónico, pero, al mismo tiempo, sumamente subversivo. Lo tiene todo: crítica ideológica y cultural, protofeminismo, trazas de gótico… Mientras crees que te estás leyendo un novelón romántico sobre la frágil huérfana de turno, es fácil no darse cuenta de que tienes a una psicópata en potencia entre manos (y lo digo como algo bueno): me encanta cómo al final del libro dice que el hecho de que Rochester esté ciego ayudó a fortalecer su relación porque ahora ella era sus manos y sus ojos. La dependencia de unos es la independencia de otros, chapó.

Y este desahogo juvenil daría para mucho más, como por ejemplo: ¿cómo tiene que ser una buena adaptación de un libro?, ¿es importante la fidelidad?, ¿es toda adaptación una interpretación?, ¿qué esconde Fassbender debajo del camisón? Pero eso lo dejaremos para otro día.

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Do you still love me?

febrero 28th, 2012 — 9:07pm

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28 de octubre

octubre 28th, 2011 — 12:33pm

Querido papá:

Espero que puedas perdonarme todo el tiempo que he estado sin hablar contigo, sin pensar en ti, pero desde que moriste dolía demasiado hacerlo. Cuando evocaba tu imagen sólo te veía quitándote la mascarilla de oxígeno, sólo te oía dejar de respirar, los estertores que nos avisaban de que se te estaba acabando el tiempo. Cuando pensaba en ti sólo podía pensar en lo mal que lo pasabas con las sondas, en aquella vez que tuvieron que limpiarte la vejiga de tejido necrosado porque se te estaba obstruyendo, en las constantes visitas a urgencias. Sólo podía pensar en ti tumbado en la cama del hospital, en ti entrando en el fuego del crematorio. Desde que moriste parece que no hubieras existido antes de estar enfermo y evitaba pensar en ti. Pero este sitio lleva tu apellido, es tu única progenie, y quiero tenerte aquí. Quiero volver a pensar en ti, en cuando me acompañabas a los entrenamientos de baloncesto, cuando hablábamos en el coche, cuando me comprabas bolígrafos de colores y me los dejabas encima de la mesa. Cuando me regalabas libros con dedicatorias consciente de que algún día las leería cuando ya no estuvieras, cuando me pedías que leyera lo que escribías y te reescribiera cosas, cuando salíamos a desayunar y te gustaba que te contara lo que estaba leyendo. Quiero recordar todas esas cosas y sonreír al fin, imaginar esa sonrisa contenida al otro lado de la mesa.

Hoy habrías cumplido años. Tengo que hacer cuentas porque no recuerdo cuántos. ¿68? ¿69? Siempre teníamos que recordarnos el uno al otro cuántos años teníamos, así que sé que no te molesta que no me acuerde del número exacto. Seguramente te habría preparado un bizcocho de chocolate para celebrarlo y habríamos estado hablando un rato de tus clases de creación literaria hasta que te quedases en silencio, pensativo, volcado en aquellas narraciones que llenaron tu vida hasta tu último día. ¿Sabes? Hay un amigo aquí en el barrio que cumple los años el mismo día que tú. Eso me invita a pensar que es un buen tío, no puedo evitarlo. Lo hemos conocido porque tenemos un perro y tenemos que sacarlo a pasear. Tuvimos otro, Tofu, pero se murió: lo atropellaron cuando se asustó de los fuegos artificiales. Nos recordaba mucho a ti en las posturas hieráticas que adoptaba, en ese aspecto adusto y de emoción siempre contenida que tenía. Te habría gustado Tofu. Este se llama Triskele, por un libro que nos gusta mucho a Joshua y a mí: El libro del Sol Nuevo. En La sombra del torturador, el primero de la pentalogía, el protagonista encuentra un perro de tres patas al que cura y da de comer hasta que un buen día se levanta y el perro no está. El nuestro es un galgo, de tres patas también, que corre que se las pela, la comidilla del barrio, el que encandila a todas las viejecitas que pasan a su lado. También te habría caído bien. Os imagino a los dos compartiendo sofá un día de esos que te pasabas por casa a tomar café y a ver la tele, un día de esos en los que sólo necesitabas entrar en la casa de al lado para cambiar de vida.

Recuerdo que una vez me dijiste, con esa actitud tan serena que siempre he envidiado, que ya no esperabas más de la vida, que la única ilusión que te quedaba era verme colocada. Me lo dijiste con aplomo, sin ansiedad en la voz, sin apremio, como quien comenta de pasada que le gustan las películas de acción más que las de terror. Lo recuerdo a menudo. Me lo dijiste en Rosita, cuando apenas quedaba ya gente en la cafetería, mientras terminabas tu café y aceptabas con estoicismo que también se te estaba terminando la vida. Sé la importancia que le dais los padres a eso de ver colocados a vuestros hijos, pues es un modo de sentir que ha concluido una etapa, de tener la confirmación de un trabajo bien hecho. Aunque no estuviera colocada sabes de sobra lo bien que lo has hecho y que la huella que has dejado en mí va mucho más allá de ese papel que mide mi supuesta valía y la transforma en dinero, pero sí, se puede decir que estoy colocada. Más o menos. Sabes que tampoco le doy demasiada importancia a esas cosas, aunque no niego que la tenga, pero sé que te hubiera gustado verlo. También quiero que sepas que soy feliz. Aunque a veces echo mucho de menos poder hablar contigo, como hacíamos antes.

Me preguntan por ti a menudo. Mucha gente se acuerda de lo especial que eras. ¿Qué puedo decir yo, si soy tu hija? Pero lo reflejabas en tu rostro y en el comedimiento que demostrabas cuando no decías ni una sola palabra más de las necesarias. Justo ayer vio una señora esta misma foto sobre la mesa y me dijo: “¿Tu padre? Seguro que fue un hombre muy inteligente”.

Cuando te fuiste, aunque suene a tópico manido, algo se rompió en mí para siempre. Ya sé cuánto hay de verdad en los tópicos. Cambié entre tu última respiración y tu primer silencio. Pero es un cambio justo: te llevaste algo mío a cambio de todo lo que me diste y seguro que tú lo necesitas más que yo. Y esa herida abrió una sima hacia profundidades que de otra forma no habría visto. Por sombrío que me parezca, me gusta este cambio, me gusta sentir la huella de los que amo en el cuerpo, en las palabras, en los hábitos. Durante mucho tiempo dejé de ver partidos de baloncesto porque no te sentabas conmigo en ese sillón que crujía cuando reclinabas el respaldo. Volví a verlos en el último campeonato europeo para encontrarte entre balón y balón, aunque la melancolía me ahogó un poco los gritos de victoria. Ganamos todos.

Hoy habrías cumplido años y habrías seguido escribiendo tus historias, buscando posibles lectores de tus obras, buscando sus críticas y sus elogios con la misma serenidad con la que aceptaste que se te acababa la vida. El tiempo. Hoy me levanté con languidez porque sabía que era tu cumpleaños y pensando en este tiempo que descuartizamos, pesamos, medimos, guardamos en cajas, canjeamos por otras cosas para ver si tenemos suerte y nos toca algo de valor. Antes de los relojes no había tiempo, dice Jenna K. Moran. Hoy te habría hablado de aquel soneto, creo que de Shakespeare, que expresaba cómo apareció con la invención del reloj la ansiedad por ese tiempo que se escapa, cómo esa fragmentación en segundos, minutos y horas hizo que el ser humano fuera más consciente del paso del tiempo, de la carrera contra el reloj. A veces creo que cada vez guillotinamos el mundo en trozos más pequeños porque creemos que así vamos a entenderlo mejor. Eso te habría dicho y me habrías escuchado.

Ya no puedo decírtelo, pero puedo escribirte, que es como al final nos encontramos siempre. Como tantas veces hicimos. Aquí, en este sitio que lleva tu apellido (¿quién me iba a decir a mí que yo le iba a dar importancia al linaje?) y tu huella en cada espacio en blanco.

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Verdades como puños

agosto 9th, 2011 — 8:58am

Como veis, me he tomado unas vacaciones del blog y aquí ya solo me hacen compañía los mensajes de spam. Por desgracia, son solo vacaciones del blog, porque en lo demás tengo un lío personal, familiar y, en menor medida, profesional de tres pares de narices.

Pero hace unos días vi este vídeo del dibujante Puño (David Peña) que merece la pena compartir. Aunque habla de cómo dedicarse a la ilustración, en realidad es extrapolable a cualquier otra actividad y donde diga dibujar podéis cambiarlo por traducir, escribir, pintar o cualquier profesión.

Seguro que muchos la habéis visto ya, pero si queda alguien que no, aquí la tenéis enterita.

puño from MADinSpain on Vimeo.

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Corrector en tierra extraña: una profesión en la sombra

mayo 25th, 2011 — 11:51am

Pero ¿existen los correctores?

Hay gente que afirma haber avistado correctores en el proceso editorial, más allá de Orión, y hay quien opina que eso es una leyenda urbana. Los hay que creen que el corrector es el asistente de Word y otros esa «cosica» que activas en tu procesador de textos para que no haya erratas. Por los trabajos de campo que se han realizado hasta la fecha, se puede concluir que el corrector es ese ser que no tiene un epígrafe propio en el IAE, sino que forma tribus de nómadas que se suelen aglutinar en torno a uno titulado «Otras labores de edición», aunque parece ser que no es el único al que se adscriben los correctores dados de alta como autónomos en este país. En otras delegaciones hasta tienen un post-it adherido al registro de actividades económicas, donde las «profesiones curiosas» vienen escritas a boli para aclarar al «curioso» en qué epígrafe se tienen que adscribir. Precisamente esa dispersión de epígrafes impide que se sepa cuántos correctores hay en realidad en España y dificulta el contacto interprofesional, nos dice María Requena desde UniCo, la Unión de Correctores.

Voy a dejar este texto como una patena, forastero

El corrector hace suyo ese eslogan de la Academia: limpia, fija y da esplendor… a los textos. Los que son infumables los convierte en legibles y a los que son buenos les pone una medallita de distinción. ¿Cuántos de los textos que leemos son legibles gracias a la labor del corrector, que unifica, limpia, convierte lo agramatical en gramatical y detecta fallos en las fechas que sonrojarían a un historiador? ¿Cuántas traducciones pasables se convirtieron en textos dignos gracias a su intervención? Y también: ¿cuántas buenísimas traducciones consiguieron la excelencia gracias a su labor? Y, aun así, ignorantes de la valiosa aportación de este «curioso» espécimen, son varias las publicaciones que han prescindido de sus servicios: revistas, periódicos, manuales, agencias de publicidad y empresas que no se dan cuenta de que transmitimos imagen con el lenguaje. Así lo ve Melina Grinberg, correctora desde casi la cuna (y orgullosa de ello, ¡por Azathoth!): «Es dramático pensar en lo que puede costar una campaña de televisión para BMW, que en el recuadro de abajo ponga “fición publicitaria”, y saber que por corregir esa errata sólo hubieran tenido que pagarme 1 céntimo, tal como están las tarifas». María propone que, contra esta ignorancia, hay que educar al cliente: «el usuario debería conocer y exigir que los textos que lee hayan pasado por un control de calidad adecuado». Cada vez que veo una página web espantosa o una redacción horripilante y llena de erratas, me pregunto si de verdad a los usuarios les importa como nos importa a nosotros, los profesionales del lenguaje. El lenguaje es, además, una de esas cosas por las que es posible pasar por encima sin verlo. «Total, mientras me entere…», dirían muchos de esos usuarios.

Mayor visibilidad para los correctores

Si dicen que el traductor es una figura invisible, ya os podéis imaginar el corrector. La única parte buena de esa invisibilidad es que, si la caga, no le lloverán las críticas, porque la gente ni siquiera sabe sabe que existe: irán todas a la editorial, así como ente, o al traductor (que para eso pone su nombre junto a la traducción, ¡haber elegido muerte!).

"Que sea la última vez que pones coma entre sujeto y predicado, Heidi"

El traductor tiene un aire de glamour, es el bohemio de genio creativo que cae en los brazos de una vida tan llena de desenfreno lingüístico que ríete tú de Oscar Wilde. Puede que sea pobre como una rata, pero es que lo que hace «ay, es que es taaan boniiiito». Sin embargo, la imagen del corrector, si es que alguna vez pensamos en él, es la de la señorita Rottenmeier de la edición. Es esa ave de rapiña que está deseando despedazarte el texto, el tirano del boli rojo que te saca los colores cuando te equivocas y te pone en evidencia, escupiéndote tu ignorancia a la cara: «toma tu laísmo, histérica». En realidad no es tan malo como lo pintan. El corrector es alguien que está ahí para colaborar en el proceso de edición y ayudar a que el texto salga lo mejor posible. Puede que en una cena oigas rechinar sus dientes si dices cosas como «apreta», pero, por su salud mental, intenta separar lo profesional de lo personal. También es verdad que el amigo del corrector acecha entre las sombras, a la espera de que éste cometa un error, y poder echárselo en cara.

¿Cómo va a querer uno ser corrector, si es el malo de la película? ¡Menuda vocación! En el caso de Melina, sus padres eran libreros y editores antes del nacimiento de internet, por lo que lo mamó desde pequeñita: empezó primero ayudando en tareas de lecturas atendidas de los manuscritos para comprobar que los textos estuvieran picados correctamente y después haciendo correcciones. Al ser pocos, todos hacían de todo y ella fue aprendiendo el oficio con la práctica. En el caso de María, fue Melina quien le pasó un par de novelas cuando, en la editorial, tenían un pico alto de trabajo. A ella le gustó el trabajo y años después, al plantearse cambiar de oficio, se formó en Cálamo & Cran y dejó la psicología clínica para dedicarse a la corrección.

Las armas del corrector

Ya vamos haciéndonos una idea de cómo es un corrector: le hemos dibujado los bracitos y las piernas. Si un clásico tuviera que caracterizar a un corrector en un lienzo, lo pintaría armado con un boli rojo para sus correcciones en papel, aunque nos dice María que el boli «se está secando ya en el portalápices», pues cada vez son más los clientes que piden las correcciones en pantalla, en Word o PDF. Pero sus armas son muchas: las fuentes fiables en internet son indispensables, pero también lo son «originales de las traducciones, diccionarios de todos los idiomas, tipómetros, reglas y cuentahilos para detectar el cambio más pequeño en una fuente tipográfica, y, más de una vez, la llamada intempestiva al amigo experto que nos puede resolver una duda en una cuestión peliaguda», añade Melina. Supongo que, menos el cuentahilos y los tipómetros (que yo los manejé cuando estudiaba Periodismo, mirusté), esto nos suena mucho a los traductores.

Además, el ojo del corrector es un ojo entrenado, como muestra este vídeo que me pasa Susana Arroyo, editora en Cambridge University Press. En una prueba de eye tracking se compara cómo leen, a la hora de corregir un texto, dos mujeres con formación lingüística: una en comunicación escrita y otra profesional de la corrección. La experta en comunicación escrita primero lee el texto y después lo repasa para corregir los errores; por el contrario, la correctora profesional no lee, sino que escanea metódicamente el texto.

Esto no significa que ser corrector haga que, cuando no estás trabajando, te leas Crimen y castigo de esta guisa: U-n-a-t-a-r-d-e-e-x-t-r-e-m-a-d-a-m-e-n-t-e-c-a-l-u-r-o-s-a-d-e-p-r-i-n-c-i-p-i-o-s-d-e-j-u-l-i-o… Aunque se les formatea el cerebro como a los traductores, siguen disfrutando de la lectura en sus ratos libres. Sólo significa que, ante un encargo, activan la mirada correctora a voluntad, pues saben que, al leer de corrido, no vemos todas las letras y nuestro cerebro autocompleta las palabras buscándolas en su banco de datos, más que en el texto en sí: donde pone paqeute podemos leer «paquete» como si estuviera ahí.

Las correctoras son sexis (o foto gratuita para alegrar textos muy largos)

Tyipos de corrección

Ahora que tenemos la cabeza, los ojos y las manitas del corrector, que intuimos un poco qué hace, hagamos un zoom y hablemos de los dos grandes tipos de corrección que existen: la ortotipográfica y la corrección de estilo. ¿Qué diferencias hay entre las dos? ¿Qué tipos de intervención requieren? Melina puede responder a esta pregunta mucho mejor que yo: «La corrección ortotipográfica ajusta un texto cualquiera a las normas del español correcto y a la maqueta de la editorial». Si esto no es concisión y claridad pedagógica, yo me como un calcetín sudado. Sin embargo, las cosas parece que no están tan claras: si lo estuvieran, no iban a dedicar un congreso en septiembre en Buenos Aires precisamente para consuensar estas definiciones y a delimitar cuáles son las tareas del corrector. Sin embargo, nos dice María, sí que podemos ofrecer una definición sencilla: «el corrector ortotipográfico limpia de erratas, ajusta a la norma editorial elementos diacríticos y gramaticales y unifica todo aquello que escape a una normativa establecida. El corrector de estilo se ocupa de la comprensibilidad y legibilidad del texto, para lo cual debe tener en cuenta no sólo elementos gramaticales y tipográficos sino también cuál es el lector, el objetivo y el propósito del texto». No me diréis que no hablan como los ángeles estos correctores. Melina añade varias tareas que pueden ser labor del corrector en una corrección de estilo: «En la corrección de estilo se pueden cambiar cosas que, en principio, no son incorrectas, pero que requieren una revisión para adaptarse al tipo de texto que desea publicar la editorial; por ejemplo, cambiar latinoamericanismos en una traducción destinada al mercado español o viceversa, uniformar tiempos verbales en un manual escrito por varios autores o el léxico de un volumen hecho por distintos traductores, verificar que el vocabulario no sea demasiado complicado en un libro dirigido a público infantil…».

La relación traductor-corrector

¿Dónde queda el traductor en esta ecuación? Ambas confiesan que, aunque sería deseable, no hay mucha retroalimentación entre el editor, el traductor y el corrector, y la achacan sobre todo a los ajustadísimos plazos con los que se mueve el mercado editorial. «Normalmente», nos cuenta Melina, «las consultas del corrector se dirigen al editor, marcadas en las pruebas, al devolver el trabajo. El editor envía las consultas que considera pertinentes al traductor, y lo que éste responda se aplica en las pruebas, pero ya en la editorial. De este modo, el corrector ignora cuál ha sido la respuesta del traductor hasta que el libro se publica». Lo cierto es que a mí siempre me ha resultado un alivio saber que, después de mi trabajo, tendré la mirada virgen y experta del corrector para detectar las cosas que se me hayan podido escapar. El traductor tiene que abarcar tantas cosas en su labor que es muy fácil que haya unas cuantas comas de más y de menos, que pueda tener un despiste o que haya metido alguna pifia. Cuatro ojos ven mejor que dos, ¿no?

Foto gratuita. Sin más. ¡Ánimo, que ya casi hemos llegado al final!

De la cualificación y el salario del corrector

Si ya hay mucha gente que cree que puede traducir porque «sabe inglés», imaginaos la de gente que cree que puede «corregir» porque en su DNI dice que es español nacido en España y olé. Aquí está una de las grandes disonancias cognitivas del asunto: resulta que para ser corrector te piden ser licenciado, pero en el catálogo de actividades profesionales el trabajo de corrector aparece reflejado como «técnico». Esta es una de las razones por las que se pueden llegar a pagar sueldos tan bajos. Le pregunto a mi aquelarre de correctoras particular si creen que la creación de titulaciones oficiales ayudaría a mejorar el reconocimiento de la profesión. Las dos están de acuerdo, aunque con matices. «Desde luego que ayudaría», nos cuenta Melina, «pero no creo que eso vaya a ocurrir. Tal como está enfocado ahora con los másters de edición y las prácticas en empresas, el trabajo de corrección es lo que hace un editor en formación, mientras se prepara para ejercer un oficio en el que, aunque siga trabajando con textos, acabará por delegar la corrección en otros para ocuparse de tareas más administrativas (contratación de libros, dirección de colecciones, coordinación de autores y traductores, etc.)». María considera que «ayudaría a establecer un marco de tarifas mínimas consensuado y un programa de formación específico [...]. Desde UniCo, estamos trabajando por conseguir aumentar la visibilidad del corrector tanto en las Administraciones Públicas como en el Incual, para disminuir esta brecha entre los excesivos requisitos que se piden al corrector (licenciatura, conocimientos informáticos avanzados, otros conocimientos específicos) y los bajos salarios que se ofrecen».

Por lo visto, en todas partes cuecen habas (aunque en alguno sitios caldeadas, como diría mi madre). Susana, que ha sacado una tirada de Investigar +10, me muestra este artículo sobre la corrección profesional publicado en el Liberation, donde se profieren quejas amargas hacia la mala situación del sector. Triste, sin duda, pero al menos en Francia les dedican un artículo. Un pobre consuelo, lo sé…

"Tantas erratas y tan pocas balas..."

En este blog nos hemos preguntado mucho si se puede vivir de traducir libros, pero ¿y de la corrección? ¿Se puede vivir de ella? Claro que sí, nos dicen nuestras aguerridas correctoras, pero con esfuerzo, paciencia y una dosis de suerte. «Desde luego, sin el apoyo del sueldo de mi pareja no habría sido posible ni siquiera empezar, pero actualmente trabajo exclusivamente haciendo correcciones, eso sí, de diversos tipos: ortotipográficas, de estilo y de traducción», confiesa María. Además, hay muchos correctores que se dedican a otras tareas relacionadas con el mundo de la edición, como la maquetación o la redacción, y que no viven exclusivamente de ello.

¿Qué es lo mejor de este oficio, Conan? ¿Y lo peor?

"¡Por Crom que unificaré el uso de mayúsculas en este texto!"

Como todas las profesiones, ni todo es una balsa de aceite, ni todo son las montañas de Mordor: el oficio del corrector tiene su lado bueno y su lado malo. Para María «lo mejor es el trabajo intelectual que suponen algunas correcciones, muy estimulante; aprender algo nuevo todos los días; en mi caso la flexibilidad horaria, que me permite llevar una vida inimaginable si trabajase en una oficina con un horario estipulado; las tarifas altas de algunos clientes o los trabajos muy fáciles que hacen que casi te dé vergüenza cobrar por eso». ¿Y lo malo? «Lo peor es el trabajo intelectual que suponen algunas correcciones de textos muy sucios y con pocas posibilidades de intervención; saber que no lo sabes todo y se te está escapando algo, por mucha atención que pongas en tu trabajo; la flexibilidad horaria que a veces te obliga a trabajar en fines de semana o por las tardes; las tarifas bajas (por fortuna cada vez menos) y los plazos de pago muy amplios». Para Melina lo mejor es «leer textos maravillosos que de otro modo nos habrían pasado inadvertidos; lo peor, cuando a uno le toca un texto que será malo por mucho que uno haga por mejorarlo. Pero los primeros compensan ampliamente a los segundos».

11 comments » | Correctores, Entrevista, María Requena, Melina Grinberg, Susana Arroyo

La liga de los traductores extraordinarios: Pilar Ramírez Tello

mayo 11th, 2011 — 12:18pm

Pilar Ramírez Tello (Granada, España)

¡Extra, extra! La liga de los traductores extraordinarios contra la epidemia de erratas zombi.

[Pilar me recibe aún desconcertada ante la petición de entrevistarla, pero sonriente y dispuesta. Se disculpa por el desorden y me invita a sentarme. Yo me pongo algo nerviosa porque creo que no me he preparado la entrevista lo suficiente, porque no voy a hacer preguntas interesantes ni de calado. Al principio, Pilar se muestra algo tímida, pero en seguida Intercambiamos algunos chascarrillos, antes de meternos en faena. «La Fase Uno de limpiar el texto fue más difícil de lo que parecía, pero lo peor fueron las erratas: ¡cómo corrían, las jodías! Seguro que eran erratas británicas.» Pilar trabaja como agente doble (traductora técnica por las mañanas y traductora literaria por las tardes) desde hace ya diez años y se ha enfrentado con adversarios de la talla de Asimov, Matheson, Pratchett y Barker, entre otros. Resulta que me he leído un montón de esos libros sin saber que ella estaba detrás moviendo los hilos (es el sino de este gremio), así que puedo decir que hace su trabajo con la sobriedad y el sigilo de un ninja.]

Compaginas la traducción literaria con la traducción técnica. ¿Cómo te organizas? ¿Traducción técnica por la mañana, traducción literaria por la tarde, o viceversa?

Si tengo alguna traducción técnica entre manos, normalmente me pongo un número de palabras de técnica y un número de páginas de literaria al día. Empiezo por la técnica, hago las palabras que me he propuesto y paso a la literaria. Eso suele significar técnica por la mañana y literaria por la tarde, aunque no siempre.

¿Te gustaría dedicarte en exclusiva a la traducción literaria pero el mercado no lo permite, o te gusta compaginar distintos tipos de traducción para no quemarte?

Un poco de las dos cosas. Me gusta traducir de todo. A veces relaja mucho ponerse a hacer una traducción especializada de un tema que conoces bien después de pasar mucho tiempo traduciendo una novela. Además, hay que tener en cuenta la diferencia de tarifas entre la traducción especializada (es decir, la que no genera derechos de autor) y la literaria (o la traducción de libros, en general). Compensa bastante hacer una especializada de vez en cuando que te permita salir a la calle a disfrutar del aire fresco y la luz solar. No sé si me dedicaría en exclusiva a la literaria si las tarifas me lo permitieran, la verdad.

¿Tienes algún margen de negociación en las tarifas o tu única arma de negociación es decir que no cuando consideras que la tarifa es injusta?

Normalmente no hay mucho margen de negociación, salvo que ya tengas una buena relación con la editorial con la que tratas. Si de verdad quieren contar contigo y les compensa, puede hablarse de una subida de tarifa o de mejorar otro tipo de condiciones. Es difícil, pero no imposible. Sin embargo, el margen se estrecha mucho más, a veces hasta desaparecer, con las editoriales que trabajan contigo por primera vez. Con esas suele ser sí o no. Al principio reconozco que aceptaba todo lo que me llegaba, tanto por desconocimiento del mercado como por la dificultad para entrar en él. Ahora puedo permitirme decir que no cuando lo que me ofrecen es descabellado (cruzo los dedos para que siga así).

Veo que ganaste el premio al traductor más prometedor —me disculpen el ripio— cuando cursaste el Master of Arts in Comparative Literature and Translation de la Binghamton University. Me ha picado la curiosidad. ¿Cómo fue aquello? ¿En qué consistía el premio?

Este… Pues me da un poco de vergüenza contarlo, pero no me enteré de que lo había ganado hasta que ya había terminado el máster y llevaba en casa unos meses. Me llegó una carta con un cheque de cien dólares (creo recordar) diciendo que lo había ganado, pero sin dar más explicación. Después, indagando, descubrí que era un pequeño premio que concedían al alumno del máster que, en opinión de los profesores, tenía más posibilidades de triunfar como traductor. Seguro que no le preguntaron al profe de Teoría de la Literatura…

Una de las cosas que siempre me llamó la atención cuando estudiaba Teoría de la Literatura y Literatura Comparada es la escasa importancia que se le daba al hecho de que la mayor parte de las obras que leíamos estaban traducidas. Muy pocos profesores comentaban las traducciones (sí el de Tradición Clásica, claro, que había traducido varios títulos) o daban indicaciones sobre qué ediciones escoger y por qué. Imagino que no fue así en el máster que hiciste.

Siguiendo con lo de la vergüenza, creo que mi cerebro ha bloqueado con bastante éxito los recuerdos de las clases de Teoría de la Literatura. El máster que hice era una colaboración entre el departamento de Literatura Comparada y el programa de traducción, así que en las clases de Teoría había tanto alumnos de una opción como de la otra. Mi base teórica era nula, ya que me convalidaron la asignatura de Traductología por otra que hice en Escocia y que no tenía mucho que ver, así que la clase me venía enoooorme. Por lo poco que recuerdo, era más una clase de lingüística y filosofía que de literatura propiamente dicha. Sí sé que se estuvo hablando de traducción y que, de hecho, mi trabajo final se llamaba “The translation of lies”, pero poco más. En cuanto a las asignaturas de literatura, creo que no cursé ninguna en la que estudiáramos obras traducidas. Si no me equivoco, hice una sobre literatura española, otra sobre literatura contemporánea en inglés y otra sobre la Guerra de Vietnam en la literatura estadounidense. Seguro que se me olvida algo, claro.

Esta pregunta es un clásico, pero no puedo dejar de hacerla: en tu formación como traductora de libros, ¿qué ha sido lo que más te ha ayudado? ¿La práctica, las lecturas, la formación?

Pues yo también voy a ser típica, ea: un poco de todo. Sinceramente, creo que lo más importante son las lecturas, seguido muy de cerca por la práctica y más de lejos por la formación. En mi caso, si no hubiese leído tanto desde pequeña, me habría costado mucho más enfrentarme a esta profesión. La formación ayudó bastante, me sirvió para saber por dónde atacar un texto y demás, pero creo que he aprendido una barbaridad desde que empecé a trabajar en esto. Sobre todo, aprendes de las correcciones de los que saben más que tú, y ganas soltura con el tiempo y la experiencia.

¿Es el traductor un autor? La LPI dice que, en concepto de derechos sí, por supuesto, pero ¿en cuanto a la creación? ¿Es el traductor un escritor? ¿Qué diferencias ves entre traducir y escribir?

Es una pregunta complicada. Para mí, la diferencia entre traducir y escribir está clara: yo no tengo que inventarme nada, parto de un texto ya parido. Lo mío es adaptación y transformación, pero no de algo que sale de mi cerebro, sino de algo que ya ha salido del cerebro de otra persona. Aunque hay mucha creatividad involucrada en el proceso, no me considero del todo una autora. Muchos de mis compañeros me tirarán tomates si leen esto.

¿Un traductor autónomo es alguien con una gran capacidad de organización o alguien capaz de trabajar a destajo cuando el tiempo apremia?

Las dos cosas, porque hay veces que, por mucho que te organices, al final acabas trabajando a destajo.

En esta casa ha gustado mucho Guerra Mundial Z, así que el señor Schettin y yo te mandamos la enhorabuena y las gracias, por la parte que te toca. ¿Qué dificultades encontraste en la traducción? ¿La oralidad y los distintos tipos de registros?

Pues muchas gracias. A mí me encantó leerlo y traducirlo, aunque la temática zombi nunca me había llamado mucho la atención. Después de aquello me enganché un poco, lo confieso.

Casi más difícil que el registro y la oralidad fueron las armas. Buscar cómo se llamaba cada cacharrejo fue un infierno y después he comprobado que se me coló algún error. Bueno, me corrijo: dentro de los registros, lo que me costó más fue el lenguaje militar. Por lo demás, lo cierto es que, a pesar de que aparecen personajes de diversa procedencia, casi todos tienen un registro similar.

Y encima te atreviste con Terry Pratchett y hasta saliste de tu cueva para hablar en un foro con los lectores de Los pequeños hombres libres. Hay que ser valiente, que con Pratchett parece que estamos siempre a la que salta.

Juas, con Terry Pratchett fue un aluvión de sartenazos lo que me cayó encima, pero pasa con casi todos los libros, sobre todo en el campo de la ciencia ficción y la fantasía: lo que para unos es una traducción genial, para otros es una atrocidad de dimensiones cósmicas. Pero sí es cierto que los fans de Pratchett son duros, duros de pelar, aunque al final no se portaron demasiado mal conmigo. Cada vez que me meto en una discusión de ese tipo me repito que es la última vez y que no vuelvo a intentar justificarme. El problema es que muchas veces acabo picando de nuevo. Inseguridad de traductora, supongo.

También me doy cuenta de que muchos lectores tienen un concepto equivocado sobre lo que es una mala traducción. Es decir, para mí un libro mal traducido es un libro lleno de traducciones literales, errores no tipográficos y construcciones extrañas, un libro que no se deja leer. Para la mayoría, un libro mal traducido es un libro con errores tipográficos o con algún error en la terminología. Yo a eso lo llamo libros traducidos por seres humanos o, en el caso de exceso de ambas cosas, libros traducidos y revisados con prisas.

Has traducido muchos títulos de género fantástico. ¿Eres aficionada al género? ¿Qué es lo que te parece más difícil de traducir? ¿El argot técnico?

Sí, siempre me ha gustado la literatura «de género», ciencia ficción, fantasía y terror, sobre todo, aunque ahora casi todo lo que leo es por trabajo. Las dificultades varían mucho según el libro en cuestión. Los neologismos son muy complicados, y también el argot técnico, sí. En la ciencia ficción y la fantasía, muchas veces no sabes si te están hablando de algo real o de algo inventado; es decir, no sabes si la plantita, el pajarito o el lanzamisiles que aparece es algo que existe o algo que se ha inventado el autor. Primero hay que investigar si es real; si es real, averiguar el nombre; y, si no, intentar averiguar qué proceso ha seguido el autor para llegar a inventarlo.

¿Sueles dedicar un poco de tiempo a la documentación antes de traducir o lo vas haciendo mientras traduces, cuando te vas encontrando con los obstáculos?

Siempre leo el libro antes de empezar a traducir, así que ya conozco de antemano (más o menos) qué obstáculos se me van a presentar. Procuro informarme de lo básico antes de iniciar la traducción, pero siempre surgen cosas sobre la marcha.

Los juegos del hambre se ha granjeado muchos lectores y además van a hacer una película. Las regalías no son algo que se regale, precisamente, pero ¿qué pequeña parte de tus ingresos proviene de cosechar derechos de autor?

Ahora mismo, ninguna. Todavía no he traducido nada que haya cubierto el adelanto. Creía que con Los Juegos del Hambre sí ocurriría, pero acabo de recibir la liquidación de la segunda parte, En llamas, y parecer ser que no.

[Mientras hablamos, alguien llama a la puerta. Con la cautela que caracteriza a los de su profesión, Pilar coge el bate de béisbol que siempre guarda en la entrada y se acerca a la mirilla: falsa alarma, es el cartero. Tras abrir la carta que le trae, la cara se le ilumina.]

Mira, precisamente acabo de recibir mis primeros 100 euros de regalías por una traducción, la de Sinsajo. No es para hacerme rica, pero me hace ilusión.

¿Consideras que es más difícil dedicarse a la traducción literaria que a cualquier otra especialidad? ¿Fueron difíciles tus comienzos?

Creo que sí. Cuando terminé el máster encontré trabajo fácilmente en una agencia de traducción y después de traductora técnica en otras empresas. Sin embargo, que me hicieran caso las editoriales me llevó mucho más. Hasta que no tienes un libro publicado es casi imposible que te llamen, a no ser que conozcas a alguien de dentro, así que, en nuestros inicios, la mayoría de los traductores de libros aceptamos lo que nos echen. Es un mundo cerrado, funciona mucho por contactos.

¿Qué consejos le darías a alguien que quiere meter la nariz en esto de la traducción literaria, pero no sabe cómo?

Que tenga muchísima paciencia, que haga cursos y se meta en las asociaciones profesionales (sobre todo ACEtt), que haga contactos, que mandé su currículo a todas las editoriales que encuentre, que se informe (si dejas que te exploten, al menos debes saber que te están explotando)…

Muchas gracias por la entrevista, Pilar, y por dedicarnos todo este tiempo. Si quieres añadir algo, éste es el momento y el lugar ;)

Gracias a ti por aguantarme :-)

8 comments » | Entrevista, Pilar Ramírez Tello

El día a día de la traductora

mayo 10th, 2011 — 3:26pm

La traductora se levanta a las 6.30 de la mañana.

¿Estamos locos o qué? Pero ¿no decían que hacerse autónomo era un paraíso para el dormilón? En realidad, la traductora es una persona mucho más búho que alondra, mucho más nocturna que diurna, como todas las personas inteligentes, pero las responsabilidades la atan al mundo de la luz como una polilla que no puede escapar de la lámpara encendida.

La traductora se levanta a las 6.30 de la mañana porque tiene que darle tiempo a desayunar, darle un paseo al perro e ir al gimnasio, que este cuerpo serrano no se mantiene así de pasar horas sentada frente al ordenador. La traductora desayuna tostadas con aceite y tomate, té rojo y un zumo de naranja, mientras el perro —que no es muy de madrugar— ocupa su lugar en la cama. El hombre de la traductora ya se ha levantado y el perro puede disfrutar de más espacio sobre la funda nórdica. Llegan las 7 de la mañana y es hora de cubrir las necesidades de ejercicio del perro; hemos intentado sin éxito enseñarle a pasear solo y que abra la puerta de casa con las llaves. Aquí viene una nota obligada a todos los traductores: tener un perro son unas dos o tres horas diarias de obligaciones (dependiendo de la raza y de su carácter), así que es para pensárselo.

El perro de la traductora dice: "Un poco de solaz después de tanto esfuerzo"..

Cuando termina el paseo, la traductora alimenta al perro con su pienso favorito, el que apesta a arenque, y después se dirige al gimnasio. La actividad física es indispensable para cualquiera que se pase muchas horas tecleando y que sufra de problemas de espalda o cervicales, como es mi caso. La traductora ha comprobado que, si no va al gimnasio a primera hora de la mañana, ya no lo hará nunca. La traductora hace media hora de bicicleta, varias series con mancuernas, abdominales y fortalece el vasto interno; después se va a duchar y se pone algo decente. La traductora tiene una regla bien clara que intenta no saltarse nunca: ponte a trabajar siempre con una ropa con la que puedas salir a la calle. Lo del traductor en pijama es un mito que no le funciona, ya que su mente necesita ponerse «en modo trabajo», que diría César Millán, y la ropa puede influir en ese estado mental necesario para concentrarse. Una vez vestida para trabajar, la traductora se dispone a abrir el libro o el pdf que toque, mientras hace ejercicios de calistenia para los dedos de las manos. Su jornada suele empezar a eso de las 10 de la mañana, ejercitada, duchada y supermineralizada.

Elija su propia aventura:

La traductora tiene trabajo en ese momento. Si tiene trabajo, la traductora se pone a trabajar hasta las dos de la tarde, con una parada para retomar las fuerzas con un sándwich y un té. Está intentando practicar la «técnica del pomodoro»: 50 minutos seguidos de traducción, 10 minutos de descanso (cotillear redes sociales, contestar un e-mail, bailarse un temazo o quedarse con la mirada perdida por la ventana). Es importante no abrir páginas que nada tienen que ver con la traducción, para evitar tentaciones; la traductora sabe que el tiempo en Internet pasa mucho más rápido de lo que parece.

El tiempo en Internet pasa... mal

Las cuatro horas pasan entre felices hallazgos sobre cómo traducir una expresión, ideas ocurrentes, interminables consultas al diccionario (que si el DRAE, que si el Redes, que si el Casares, que si el de sinónimos, que si el Webster y vuelta al DRAE…) y suelen acabar con frases que se parecen al español como un huevo a una castaña, marcadas en rojo, a las que tendrá que quitarles la costra más tarde. A estas alturas, las tripas de la traductora se han comido lo único que les quedaba ya para comer, la concentración, y rugen pidiendo más alimento, mientras amenazan con comerse hasta las palabras traducidas. Es momento de dejarlo hasta la tarde. La traductora prepara algo medianamente fácil, pero suculento. Entre sus platos preferidos para estos momentos están las legumbres, que se hacen solas (y trabajando en casa no hay que preocuparse por esos incómodos efectos secundarios de las leguminosas), los pinchos de seitán o las patatas cocidas con judías verdes. Las berenjenas con mozzarella son también un clásico en su mesa. Después de una comida saciante ma non troppo, el perro pone ojitos para que la traductora lo saque a hacer pis. Después de comer, la traductora sólo tiene ganas de cogerlo en brazos y sacarlo por la terraza, a lo Michael Jackson, a ver si mea desde allí y puede ahorrarse el paseo; le parece poco ético, menos higiénico aun y muy arriesgado, así que opta por la vía tradicional y lo baja a la calle. Cuando sube, tiene que decidir si hay siesta o no hay siesta. En esta época del año, la traductora intenta no perder ni una sola siesta. Aunque no duerma y solo retoce entre las sábanas con la panza llena. Tras la cabezadita, vienen otras tres horas de frases a las que les cuesta arrancarse, que aceleran después y se gripan cuando llega la recta final.

Estofado de azukis para la traductora estresada

La traductora no tiene trabajo en ese momento. Si no tiene trabajo, la traductora dedica la mañana a repasar su blog, sus perfiles y no es tan estricta con los horarios. Es momento de enviar currículos, de recordarles a antiguos clientes que sigue ahí, tan lozana y despierta como antes, y de hacer contactos. Sin duda, la parte de la profesión que menos gusta a la traductora. Las horas pasan rápido entre envíos y redacciones, con sándwich de por medio. Para comer, la traductora prepara algo suculento y algo más elaborado, que para eso tiene más tiempo. Entre sus creaciones preferidas están las croquetas de pera y queso gorgonzola, el arroz salvaje con setas y los buñuelos de zanahoria. Después de una comida opípara y pantagruélica, y de que la cocina haya quedado como un templo azteca en época de sacrificio, la traductora no quiere bajar al perro aunque le ponga ojitos, pero no le queda más remedio y se arrastra hasta el parque como un condenado al patíbulo. Después de una siesta con el señor Schettin, que ha llegado de trabajar, la traductora se dedica a perder un poco el tiempo viendo vídeos de Youtube (con agún que otro temazo que baila de aquella manera para avergonzar a sus vecinos y al sufrido señor Schettin) hasta que le entra la culpabilidad por tirar a la basura una tarde libre de esa manera y decide ponerse a leer hasta que sea la hora de volver a bajar al perro. Como bien habéis deducido, la vida de la traductora con perro está regida por las necesidades y mareas intestinales de su animal de compañía.

Salvajada de arroz para la traductora ociosa

Después de un largo paseo (que suele durar desde las ocho y media hasta las diez de la noche) a la traductora le quedan pocas ganas de seguir trabajando (mucho menos de hacer la cena, aunque lo intenta), pero encontrará la voluntad si la entrega está próxima y tiene Red Bull a mano. Si no, flaqueará y lo dejará para la mañana siguiente. A no ser que, claro está, toque hacer ejercicios para el curso, con lo que su jornada laboral se alarga hasta el fin de semana, que se consumirá entre paseos con el perro, bizcochos domingueros, comida precocinada y más vídeos de Youtube.

Lo que se encuentra procrastinando en Internet

Nota: en esta estructura fija es preciso intercalar una serie de variables que se repiten en función del día del mes, las fases de la luna o el estado de la nevera. Cosas como la compra, la burocracia, doblar la ropa o poner lavadoras se irán introduciendo con calzador en los huecos libres que quedan entre los paseos perrunos y las frases sin sentido.

Que alguien le regale unas horas a la traductora.

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La liga de los traductores extraordinarios: Axel Alonso

mayo 4th, 2011 — 12:47pm

Después de un largo parón, volvemos a la carga. El parón no es culpa del entrevistado, ni mucho menos, sino de esta que escribe que entre vacaciones, problemas técnicos y trabajo, ha vivido de espaldas al blog durante un tiempo. Pero ya está, eso se acabó. Se acabaron los problemas técnicos de la migración a WordPress (aunque aún me queda ir editando las entradas que se han importado de Textpattern) y, lo peor de todo, se acabaron las vacaciones. El trabajo esperemos que no. Así que no tengo más excusas. De nuevo, con todos ustedes (fanfarria, fanfarria, redobles de tambor): la liga de los traductores extraordinarios, redux.

La primera entrevista de la serie nos dio el punto de vista del traductor que lleva ya mucho tiempo traduciendo y que ha encontrado su nicho en el mercado. Hoy tenemos otro punto de vista, el del que está empezando y aún no tiene un sueldo mensual (pero sí arte y dedicación). Y además es de ciencias, figúrate. Axel Alonso se licenció con honores (fue Premio Extraordinario de Licenciatura) en Ciencias Físicas, pero decidió probar suerte en el mundo de la traducción y nos demuestra que no es necesario tener un montón de títulos especializados para ser un buen traductor; que la formación se construye con esfuerzo, constancia, ilusión y talento. Empezó traduciendo manuales de rol, que le sirvieron como taller de prácticas, y desde ahí fue probando el ensayo, los manuales de fotografía y por último la novela, mientras iba puliendo poco a poco la técnica y el estilo. Desde aquí le deseamos toda la suerte del mundo.

¿Qué hace un físico como tú en traducciones como estas? Dada tu formación, ¿no te lanzaste a la traducción científico-técnica, que cuentan por ahí que se paga mejor?

Pues la verdad es que lo único que he hecho para estar donde estoy, en lo que a mi carrera como traductor se refiere, es aceptar los trabajos que me han ido ofreciendo, con la suerte de que siempre han sido cosas que me gustaban. Hasta hace muy poco, cuando he tratado de llevar yo la iniciativa presentando mi currículum a nuevos clientes o haciendo propuestas editoriales el resultado ha sido nulo. Tras terminar la carrera de Físicas, no tenía muy claro qué hacer con mi vida, pero sí que no quería seguir con aquello. Mientras esperaba a ver si surgía otra cosa mejor, acepté una propuesta de mis amigos de Nosolorol para unirme a ellos como traductor, en lo que yo considero que fueron mis prácticas en el mundillo, sin más bagaje que un buen conocimiento de inglés y castellano y gusto por la literatura. Luego, tras una oferta de una correctora (ahora también amiga) que revisó uno de mis trabajos para NSR, y en vista de que el oficio me empezaba a gustar, empecé a traducir «profesionalmente» para Akal, primero libros técnicos y ensayos (fotografía, historia, arqueología, antropología) y después novelas, con las que sigo principalmente en la actualidad. En vista de que la vida había elegido una profesión para mí y por mí, empecé a formarme más en serio en la materia, con la realización de un curso de posgrado y alguna que otra cosilla. Pero en el fondo, mi aprendizaje de la profesión se ha basado más en el «prueba y error» y el sentido común que en el estudio concienzudo. Y ahí andamos.

Como he mencionado arriba, estuve una temporada enviando mi currículum a editoriales especializadas en ciencia y libros de texto ofreciéndome como traductor científico en las áreas de las matemáticas y la física, pero no obtuve respuesta. Y siendo sincero, no he vuelto de momento a intentar tirar por esa vertiente de la traducción. La traducción literaria me gusta y me resulta muy gratificante. Además, hace ya cinco años que me fui de la universidad, y cuanto más tiempo paso alejado del mundo científico más ajeno me siento a él. Tampoco es que tuviera nunca verdadera vocación: simplemente, se me daban bien las mates y había que elegir algo que estudiar.

¿Crees que es díficil hacerse un hueco como traductor de libros?

Por mi experiencia, todo depende de los contactos, al menos cuando estás empezando. Si tienes la suerte de conocer a alguien que trabaje en una editorial y confíe en tus capacidades, tienes muchas probabilidades de empezar a recibir encargos rápidamente, por recomendación. Lo difícil es «meter el pie», como digo yo, si nunca han trabajado contigo. Las editoriales cuentan con su círculo de traductores habituales de confianza y normalmente no ven la necesidad de arriesgarse con desconocidos. Ahora bien, una vez se está dentro, el mantenerse ahí depende de uno mismo, de entregar buenos trabajos a tiempo y ser lo más profesional posible. Yo sólo tengo cuatro años de experiencia en el ramo, así que sigo en proceso de encontrar el hueco estable y confortable que espero me corresponda.

Si tuvieras que hacerte una hoja de personaje como traductor, ¿cómo te repartirías los cien puntos que te doy? ¿En qué habilidades? ¿En qué te gustaría subir de nivel? ¿En qué invertirías tus puntos de experiencia?

Veamos, con la hoja de personaje de La llamada de Cthulhu delante (que es uno de los pocos juegos de rol en los que hacerse un personaje traductor no implica necesariamente verse abocado a una muerte prematura, aunque tampoco sea garantía de supervivencia, ni mucho menos), me pondría un 40% en Otras lenguas (inglés), 45% en Lengua propia (español) y un 15% en Buscar libros. Y en cualquier caso, tendría una Educación (EDU) muy elevada para poseer una amplia cultura general, imprescindible si se quiere ser un buen traductor.

Me gustaría subir de nivel principalmente en cualquiera de los dos idiomas que manejo. Aunque me defiendo bien, ello ayudaría a realizar mi trabajo más rápido y mejor, por lo que la calidad del mismo y mi productividad se incrementarían. A veces me da la sensación de que voy tan lento, comprobando cada frase y palabra, que me desespero y dudo de mis aptitudes para el oficio. Pero luego escucho los elogios de los correctores y editores tras mis entregas y me vuelve a subir la moral.

También me gustaría aprender otro idioma de trabajo a medio-largo plazo. Tengo un nivel básico de francés, pero no el suficiente para traducir. Dudo entre retomar mis estudios en este idioma (lo cursé como primera lengua extranjera en el instituto) o comenzar con el noruego, el cual sueño con aprender desde que visité el maravilloso país de los fiordos. Además me interesa muchísimo su cultura: vikingos, folclore, Amundsen, black metal

Ya eres el segundo traductor que entrevisto que empezó traduciendo manuales de rol (al final nos van a conocer como la liga de los frikitraductores). Dado que por entonces no habías realizado ningún curso de traducción y además eres de ciencias, ¿cómo valoras ahora la experiencia de traducir para Nosolorol y qué aprendiste entonces que te ha ayudado para la traducción literaria después?

Si no hubiera hecho mis «prácticas» en Nosolorol, con resultados aceptables, no habría llegado a donde estoy ahora (que tampoco es muy alto, sólo uno o dos peldaños más arriba), así que mi valoración es muy buena. Fue la primera vez que me vi enfrentado a un texto y pensando: «¿Cómo hago para trasladar esto al español y que suene natural?». Por supuesto, cometía muchos errores típicos de traductor novato de los que ahora soy más consciente, como el exceso de literalidad. Al revisitar mis trabajos (cosa que procuro hacer poco, por los cabreos que me agarro conmigo mismo), me doy cuenta de los fallos o de los puntos donde la traducción sería mejorable y hago notas mentales para el futuro. Los comentarios de los correctores siempre son también una gran ayuda para ir puliendo la expresión.

Traducir juegos de rol no tiene mucho que ver con traducir novelas. Los primeros son «manuales técnicos», como quien dice, mientras que las segundas permiten y requieren mucha mayor creatividad, uno de los aspectos que más me gustan del campo de la traducción literaria. Yo diría que mis primeros trabajos sirvieron para que los siguientes fueran mejores en general, al estar mis herramientas profesionales más afinadas y engrasadas para entonces.

¿Y qué sacaste del curso de posgrado? ¿Tienes pensado seguir formándote o tu formación es la práctica? ¿Crees que estamos obesionados con los cursos, y que cursos y formación no son necesariamente lo mismo?

El curso me sirvió sobre todo para tener un título en mi currículum que me acreditara como traductor de cara al mundo profesional, aunque ya contara antes con una experiencia de varios libros a mis espaldas. Aparte de unas bases de teoría de la traducción, cómo evitar ciertos errores típicos y uno o dos trucos más, no obtuve excesivo provecho de él. Los cursos están ahí para aprender los rudimentos de una materia e ir adornando nuestra «carta de presentación», pero a traducir se aprende traduciendo. Es lo bueno y hermoso de este trabajo: que cada encargo es un nuevo reto del que sales fortalecido, más sabio y preparado para el que ha de venir después.

Empezaste traduciendo manuales de fotografía y libros de ensayo (algunos no precisamente sencillitos, como Dentro de la mente neolítica), pero los últimos títulos que has traducido son todos de novela negra. ¿Es cosa del destino? ¿Quieres tirar más hacia la literaria, un género concreto o lo que salga está bien?

Es cosa de los editores, ja, ja. Ellos me hacen propuestas interesantes y yo las acepto. El libro de fotografía fue un trabajo puramente «alimenticio», pero ya a partir de ahí me han ido ofreciendo libros que han picado siempre mi curiosidad. Cuando lo hicieron con mi primera novela, el reto me pareció al tiempo aterrador e irresistible. Desde niño he sido muy lector de ficción (no voraz: soy lento leyendo y también me gusta dedicar tiempo a otros hobbies), así que traducir novela era el siguiente paso natural. ¡Y empezando con Chester Himes, nada menos! Aún no sé cómo tuvieron tanta confianza en mí como para ofrecerme a un autor tan renombrado dentro del género negro, y con un lenguaje y un mundo tan particulares y difíciles de trasladar a nuestra cultura. Lo que me faltaba en experiencia lo compensé con ilusión y dedicación, y tan mal no debió de salir la cosa porque me mandaron otros dos libros del mismo autor, y es probable que haya más en el futuro.

De momento, lo que salga está bien, siempre y cuando considere que puedo estar a la altura dando lo mejor de mí. La pela es la pela, y ahora mismo no estoy en condiciones de ser sibarita. Eso sí, la traducción literaria es de lejos lo que más disfruto, aunque no sea la más rentable por el trabajo que conlleva. Traducir manuales técnicos es mucho más sencillo, rápido y directo si se cuenta con un buen glosario. Me encantaría poder seguir traduciendo novelas, así que mientras me lo pueda permitir me mantendré en el género. Dentro de la traducción literaria, no creo estar aún capacitado para el teatro y la poesía.

¿Cómo afrontas la llegada de un encargo? ¿Empiezas con la fase de documentación primero y te pones a traducir después? ¿Pruebas primero a traducir unas páginas y luego te documentas? ¿Depende del libro?

Depende del libro, pero en general lo primero que hago es leérmelo entero, antes incluso de aceptar el encargo. Luego empiezo a traducir y me voy documentando a medida que hago el trabajo, según vayan apareciendo referencias que me resulten más o menos oscuras. Así aprovecho además para ir añadiendo al texto notas al pie que crea necesarias para que el lector pueda entender perfectamente la obra sin necesidad de consultar ninguna enciclopedia, aunque procuro reducirlas a un mínimo imprescindible para que no entorpezcan demasiado la lectura. Si considero que alguna obra biográfica sobre el autor o sobre el tiempo que le tocó vivir puede ayudarme a mejorar mi trabajo, me la voy leyendo en mis ratos libres también. No puedo permitirme invertir una o dos semanas en documentarme antes de comenzar cada encargo, sería una verdadera ruina.

¿Qué herramientas o recursos te resultan imprescindibles en tu trabajo? ¿PDF o atril? ¿Búho o lechuza?

Internet es mi herramienta básica, tanto que no puedo trabajar si se me estropea la conexión, es como si me cortaran un brazo. Suelo tener tres o cuatro páginas abiertas a la vez: Wordreference, la RAE, The Free Dictionary, Reverso, etc. También recurro a diccionarios bilingües en mi ordenador que uso para buscar ideas cuando no doy con la palabra o expresión exacta que quiero. Igualmente empleo diccionarios de argot coloquial español e inglés, visuales, de sinónimos, de frases hechas, técnicos, etc. Disponer de estas herramientas de consulta es fundamental para mí. Cuando no encuentro la solución a una duda por ningún lado, los foros de Wordreference son una ayuda inestimable.

Empecé con los PDF (en NSR), pero la mayor parte de los encargos literarios me llegan en formato físico, así que le saco mucho partido a un pequeño atril metálico que me regaló una tía abuela mía cuando era pequeño (en su día pensé… «y para qué **** quiero yo esto?»). Ojalá pudiera seguir trabajando con PDF a pantalla partida, sería mucho más cómodo para mí, en vez de tener que estar peleándome con libros polvorientos que no quieren quedarse en su sitio e insisten en cerrarse contra la (escasa) fuerza de los bracitos de mi atril.

Me gusta trabajar de día. Cuanto más tarde sea, más me cuesta ponerme y concentrarme, y ya por la noche me resulta muchas veces imposible, mi fuerza de voluntad se declara en huelga. Por lo general, intento trabajar unas cuatro horas por la mañana y otras cuatro después de comer, aunque en función del día esa distribución puede variar mucho.

¿Sueles pedir la corrección de primeras pruebas para echarle un vistazo?

Una vez entrego el texto, me olvido del tema. Si luego el corrector se pone en contacto conmigo más adelante para consultarme dudas o cambios, cosa que sin duda prefiero, lo atiendo (más bien «la» atiendo; hasta el momento sólo he tratado con correctoras) con mucho gusto y placer, y pulimos el texto entre los dos para que quede mucho más redondo. A este respecto, no soy nada orgulloso: me encanta que me señalen mis fallos y discutir sobre ellos, o sobre los cambios propuestos. Es la única manera de aprender. Gracias a las correctoras con las que he tratado soy hoy mucho mejor traductor que hace uno o dos años. Además luego el libro sale a la calle con mi nombre en la portada (aunque sea en chiquitito), y eso hace que lo sienta un poco mío, y que alguien localice y corrija esas inevitables erratas tontas y despistes me ha ahorrado en varias ocasiones grandes vergüenzas.

Una de esas preguntas que no puedo dejar de hacer: ¿Qué libro o libros te ha dado más quebraderos de cabeza?

Posiblemente las novelas de Chester Himes (sobre todo la primera que hice, La banda de los musulmanes), por la particularidad de tener que trasladar el lenguaje del gueto harlemita al español. Ha habido traductores que han optado en el pasado por ignorar sus rasgos particulares y traducirlo como un correctísimo castellano; otros decidieron resaltar sus diferencias respecto al inglés estándar llevando a su grado máximo el uso del argot callejero español, de manera que el lector típico necesitaba recurrir a un glosario incluido al final para poder entender los diálogos. Yo en cambio me decanté por establecer la diferencia en el plano «fónico» y sintáctico más que en el léxico, tratando de hacer hablar a los personajes negros de Harlem con una voz propia que «sonara» vulgar, de gente poco instruida, acortando unas palabras, uniendo otras, comiéndome letras, utilizando vulgarismos, etc. (por ejemplo: «pa» por «para», «to» por «todo», «comío» por «comido», y así). Debo admitir que la idea no fue mía, sino que la saqué de un artículo sobre la traducción del Black English que cito en la nota preliminar del libro (y también en los siguientes), aunque hice mis propias aportaciones partiendo de dicha idea base. Me aterraba no conseguir el efecto buscado (¡siendo además mi primera novela!), pero hasta el momento no he escuchado ni leído ninguna crítica al respecto (y las busco activamente por internet cada cierto tiempo), así que estoy bastante contento con el resultado de mi esfuerzo. El trabajo en las dos novelas siguientes de Himes que traduje fue más relajado, ya que contaba con la experiencia del anterior y el criterio establecido en él. También hice una intensa labor de documentación, comprando un diccionario especializado de argot afroamericano y una biografía de Himes escrita por James Sallis.

El libro que tengo entre manos ahora también me está provocando algunos quebraderos de cabeza porque es la primera vez que me enfrento al inglés británico en una novela, y yo me encuentro mucho más familiarizado con la variedad norteamericana. Las expresiones de la pérfida Albión me suenan raras y tengo que mirar el diccionario muy a menudo y darle vueltas antes de encontrar equivalentes en castellano.

Eso sí que es una labor de documentación. Y gracias por mencionar el artículo, que me ha parecido muy interesante. Entonces, ¿cuáles dirías son los principales problemas de traducir novela negra, según tu experiencia? ¿El argot? ¿Los diálogos?

Los diálogos son lo más sencillo para mí y lo que más disfruto. Puedo oír a los personajes hablar en mi cabeza mientras voy traduciendo, y no suelen expresarse de manera muy elaborada, lo cual me ahorra mucho tiempo de reflexión. El problema del argot criminal y callejero se simplifica enormemente con uno o dos buenos diccionarios de slang (yo utilizo mucho el New Partridge Dictionary), aunque de vez en cuando hay que recurrir a Internet. Donde me las veo y me las deseo es cuando aparece en la narración el argot legal y jurídico, que cae siempre que hay personajes abogados o policías de por medio (es decir: en algún momento u otro de cualquier obra del género). Ahí es donde suelo perder más tiempo haciendo búsquedas por foros, Google, glosarios, etc. En muchos casos además no existen equivalentes entre el sistema legal anglosajón y el español, con lo cual hay que buscar equivalentes aproximados que nunca lo dejan a uno contento del todo.

¿Quieres dedicarte a tiempo completo a la traducción de libros o te planteas que sea algo a tiempo parcial y compaginarlo con otras actividades?

Mi intención es intentar vivir de la traducción, aunque no sé si lo conseguiré. Acabo de salir de una mala racha durante la cual no conseguía ningún encargo y, bueno, en mis circunstancias actuales me puedo permitir estar sin trabajar una temporada, pero no creo que sea una situación a la que siempre pueda hacer frente. Para ampliar mi oferta de trabajo sin salir del mundo editorial acabo de comenzar un curso de corrección profesional que espero me sirva para evitar precisamente estar sin ingresos si por cualquier razón el trabajo como traductor escasea. Quizá acabe compaginando ambas profesiones como autónomo de manera habitual, no lo sé.

¿En qué estás trabajando ahora mismo?

He comenzado hace poco la traducción de otra novela para la serie negra de Akal, El almirante flotante, una curiosa historia detectivesca al estilo clásico del género, pero con el planteamiento nada clásico de tratarse de una colaboración entre ¡catorce escritores!, entre ellos lumbreras como Agatha Christie o G. K. Chesterton. Cada autor contribuye con un capítulo, sin que a la hora de ponerse a escribir tuvieran ningún final pensado de antemano. Un libro ciertamente curioso.

Es probable también que dentro de poco vuelva al mundo de los juegos de rol traduciendo algo para una conocida empresa del ramo, pero aún no hay nada concretado.

Muchas gracias por dedicarle tiempo a contestar estas preguntas, Axel. Si quieres añadir algo, puedes explayarte en este epílogo.

Tan sólo agradecerte la invitación a formar parte de esta Liga de Traductores Extraordinarios; he disfrutado mucho contestando a estas preguntas, y espero que a los lectores del blog les parezca interesante mi de momento corta experiencia en el sector editorial. Aprovecho también para recomendaros mi anterior trabajo para Akal, que ha salido recientemente a la venta: Despídete del mañana, de Horace McCoy, un libro que me enganchó de principio a fin y que traduje con sumo gusto y cariño.

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